Bodega Garzón: ¿remedo de la Toscana o Burdeos?

marzo 26, 2016
Bebidas

 

Alejandro Maglione y una crónica sobre la inauguración de Bodega Garzón en Uruguay. Asesora Alberto Antonini y Francis Mallmann maneja el restaurante. Entrá y conocé la historia de esta súper inversión millonaria.

 

Por Alejandro Maglione (*)

Una opción falsa
El lugar que eligieron Alejandro y Bettina Bulgheroni para montar el negocio de Agroland, del cual es parte la recientemente inaugurada Bodega Garzón, es un ejemplo acabado del paisaje del territorio uruguayo, donde hay serranías y cuchillas que lo atraviesan constantemente, dejando al descubierto enorme afloraciones de la capa basáltica que también es visible en una buena parte de este querido país.

Entonces, luego de recorrer la propiedad de los Bulgheroni y teniendo el tiempo para detenerme a observar las vistas que se nos presentaban, llegué a la conclusión que quienes lo quieren comparar con tal o cual zona de Francia o Italia, es porque no han tenido oportunidad de recorrer el interior profundo del Uruguay y darse cuenta que Garzón ¡se parece a muchos lugares del Uruguay!

Los fastos
Para algunos la visita inaugural duró un día, para otros casi cuatro. No me daba cuenta cuando quienes coordinaban me advertían constantemente: “Usted es un invitado personal del Ing. Bulgheroni”. Al fin me avispé que era de los pocos que terminaría participando en todos.

El jueves 10 de marzo fue particularmente asolado por un clima cruel. Es tan impactante la bodega en sí y el panorama que la rodea, que casi no se escuchó el comentario: “Qué lástima el tiempo”. Alejandro y Bettina lucían radiantes. Los inmensos salones eran recorridos por periodistas de todos los colores. La mano del omnipresente Carlos Pulenta hizo que estuvieran invitadas Alicia Delgado, Fanny Polimeni, Raquel Rosemberg y Elizabeth Checa. Con Carlos se es amigo para siempre. Mirando a un costado podíamos ver a un Joaquín Hidalgo cada vez más aplomado, hablando con Michael Schachner, Contributing Editor del Wine Enthusiast. Frente a una maquinaria Fernando Deicas y su hijo Santiago, propietarios de la bodega Juanicó, charlaban con el chileno Director General de la bodega anfitriona, Christian Wylie. Gonzalo von Wuthenau, Gerente General de la Bodega Argento de Argentina, conversaba con quien se ocuparía de vender los vinos de todos en Estados Unidos, Alberto Lataliste (sí, el hijo del señor Mau-Mau), y con Santiago Ciley a quién le pusieron América entera en la mochila.

Todos asistimos a una cuidada presentación conjunta que hicieron el dueño de casa y Alberto Antonini. Cuando Alberto habla, los que amamos el mundo del vino escuchamos atentamente. El silencio era tan absoluto que se escuchaba el vuelo de una mosca. Por él nos enteramos que las poco más de 200 hectáreas de viñas permiten por sus curvas de nivel, generar 1150 parcelas o micro terroirs. Las variedades plantadas son 35% Tannat, 16% Albariño, y otra docena de variedades como el Pinot Gris, el Pinot Noir, el Viognier o la Caladoc, entre otras.

Ese jueves
Alejandro Bulgheroni, sobre llovido mojado -para no desentonar con el día- procedió a dar una charla inaugural, donde contó el camino recorrido para llegar a ese momento. Todo iba bien, unas palabras cuidadas, hasta que comenzó a hablar de la estrecha relación del proyecto con su familia, miró para el lado de su esposa Bettina, donde también estaban sus tres hijos: Diego, María José y Alejandro, y ¡sonamos! se le quebró la voz como al que más. Los del público inmediatamente aplaudimos, hicimos barullo, y esas cosas para ayudar al orador a salir del momento.

Un Carlos Pulenta exultante nos hizo recorrer la bodega, y sobre todo revelarnos los secretos del club privado que se está armando, para el cual dentro del mismo edificio de la bodega se han dispuesto dos enormes plantas con facilidades para los futuros socios. Habrá cavas personalizadas; varios salones para recibir amigos en almuerzos o cenas. Hasta está en marcha un club de playa en la cercana José Ignacio para sus miembros.

Tommy Perlberger y Bruno Guillot montaron un show con su catering tanto en la previa del jueves, como la oficial del sábado. Cuando hay oficio no suceden cosas “inesperadas”, por lo menos uno no se entera si suceden.

El viernes
Se renovó todo el staff de invitados, menos yo, claro, y tocó el día de conocer la planta de elaboración de aceite de oliva, y aprovechando un día deslumbrante, hacer un recorrido por los olivares. Porque el asunto es así: dentro de las 5000 hectáreas, hay viñedos, olivares, almendros, cancha de golf, molinos para producir energía eólica, etcétera. Y todo queda perfectamente organizado como si fueran compartimientos estancos, aunque queda claro que no lo son. Aquí tuvimos de anfitrión al experto olivero argentino Claudio D’Auria, hombre con mucho oficio en el tema.

Nuevo edificio, también diseñado por el estudio Bórmida y Yanzon. Nueva presentación. Nueva visita a la planta. Y almuerzo al aire libre, con paisajes estupendos y la organización cuidada de Nicolás Kovalenko, hombre de Agroland. En un momento se me acerca Bettina y me pide que la acompañe adonde almorzaba toda la familia. Hace mucho tiempo que no recuerdo haber pasado tres horas con tanta buena onda. Un Alejandro Bulgheroni completamente distendido, bromeando, aceptando con paciencia el asedio de chinos, norteamericanos, australianos, que pugnaban por obtener alguna primicia que se sumara a las ya anunciadas.

Mi desgracia es ser abogado y encima old fashion. Es lo peor que a uno le puede pasar, porque cuando me piden un off the record, hay que matarme para que revele algo íntimo. Pero además soy periodista, entonces, una de las tantas chanzas que cruzamos, fue contarle al “Ingeniero”, como le dicen todos sus funcionarios, que había visto un twitter que decía que se había descubierto que tenía corazón porque el día anterior se le había quebrado la voz durante sus palabras al público. Se mató de la risa, le tomó la mano a su esposa, y sonriendo francamente me dijo: “¿Se puede creer que no tengo corazón cuando tengo una mujer como ésta al lado mío?”.

A mí lo que me enamoró fue la mirada de los hijos ante la escena. Porque Diego luce muy profesional mirando los números de Colinas de Garzón. María José es una abogada que ha puesto con su madre un emprendimiento que es una línea de cosméticos y perfumes con la marca Boutiquerie, que gracias a mis encendidos -y sinceros- elogios pude acceder a un perfume para hombres. Y Alejandro, el menor, asegura que está rumbo a estudiar Ingeniería Industrial. Lo que se dice, un combo profesional perfecto. Los tres tuvieron en todo momento un comportamiento totalmente espontáneo, mostrando que hay una gran complicidad entre ellos. Se ríen, se chocan los cinco, discuten cuál es la mejor salsa para las hamburguesas. Me pareció que aún sabiendo que no lo son, consiguen comportarse como la gente común de su edad.

El sábado 12
Me di cuenta que la mano venía pesada en cuanto a invitados, porque María Córdova, que había sido mi ángel custodio, estaba notablemente nerviosa y preocupada. Subí prolijito a la van que me llevaría del hotel Mantra a la bodega, y me di cuenta que nadie sabía nada. Dos amigos americanos del Ingeniero, un coordinador senior, y nuevamente el viaje por ese paisaje quebrado, con los campos repletos de vacas (qué añoranza). Al aproximarnos, comenzó a aparecer más policía en la ruta. En fin, la cosa pintaba “almorzando con las estrellas”.

Al llegar entendí todo: mi actitud curiosa me hizo terminar con tortícolis. Allá estaba José María Aznar y su esposa Ana Botella conversando con el Vicepresidente del Uruguay, Raúl Sendic; por acá Julio María Sanguinetti, Luis Lacalle y José Mugica conversaban entre ellos. Facundo Manes se saludaba con Daniel Vila y Pamela David. José Luis Manzano parecía conocer a todos. El doble agente diplomático, Alberto Volonté -el mejor embajador que tuvo el Uruguay en la Argentina- cambiaba figuritas con el senador uruguayo Alvaro Delgado acerca del acicate que representa ponerse en contra a Conrado Hughes, el que fuera Ministro de Planeamiento de Lacalle.

Jorge y Germán Neuss chichoneaban con Carlos Blaquier, mientras Cristiano Ratazzi hacía comentarios de circunstancias. El intendente de Maldonado, Enrique Antía no cabía dentro de su traje. Lily Sielecky comentaba el vino que tomaban con nuestro embajador Guillermo Montenegro y Bruno Quintana. El infaltable Martín Cabrales compartía el piscolabis con Gustavo Yankelevich y Rossella Della Giovampaola. José Pilo Bordón armó un círculo mendocino con Estela y Roberto Zaldívar y la dueña de casa, mendocina ella misma.

Las mujeres despampanantes y los hombres venidos de la Argentina parecía que habían ido el día anterior todos a comprarse pantalones blancos que hicieran juego con sus blazers azules. A mí me pareció que al único que le quedaba muy bien era al dueño de casa (¿un caso de obsecuencia debida?). ¿Y Mallmann? Bueno, sobrevolaba con su cuidadísimo aspecto de un elegante desaliñado, cubriendo su cabeza del sol con una especie de gorro azul de diseño indescifrable. El restaurante del lugar está a su cargo, y este verano, a pesar de la distancia, trabajó con un lleno total. ¡Lo hizo otra vez!

Conclusión
Fue una presentación en sociedad de esas que tienen nivel internacional. ¿Se invirtieron 85 o 100 millones de dólares? ¿A quién le importa, si lo que teníamos a la vista era un emprendimiento que le cambiaba la cara a Maldonado -donde genera 1200 puestos de trabajo fijos-, al Uruguay, y al paisaje rioplatense. Va ser difícil que los expertos que vengan a nuestras zonas vitícolas, no pidan darse una vuelta por el Uruguay. El Uruguay ahora sí estará en los mapas de los países productores de vino. ¿Cómo? ¿Qué cual vino me gustó más? ¡El albariño sin dudas!

(*) Nota de Alejandro Maglione para ConexiónBrando
amaglione@lanacion.com.ar / @MaglioneSibaris

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