La ruta del aperitivo Italiano

octubre 31, 2015
Noticias Generales

 

Viajamos a Italia con los ganadores del #Mapa14 para descubrir cómo es la hermosa tradición de sentarse en los mejores bares del mundo.

 

Por Nicolás Marchetti (*)

El año pasado el grupo Campari organizó el torneo nacional de coctelería #Mapa14. Me tocó ser padrino de los participantes cordobeses y uno de ellos ganó la categoría profesional. Gracias a eso, el 21 de septiembre de 2015 festejamos la primavera en un avión cruzando el Atlántico a toda velocidad. El premio era un viaje a Italia para recorrer “La ruta del aperitivo” por la ciudades de Milán, Torino y Venecia.

El campeón en cuestión se llama Facundo Tochi, es chef de Sibaris y es tan talentoso en el manejo de los sabores que ganó su categoría sin ser del palo estricto de la coctelería. Compartimos el viaje con un colega rosarino, el periodista especializado en vinos Federico Schneidewind y su apadrinado, el ganador de la categoría amateur, Matías Dana. Junto a Mariano Ramírez, representante del Grupo Campari en la Argentina, partimos rumbo al viejo continente.

Viajé un día antes a Buenos Aires por si las moscas. Ya me había tocado cancelar un viaje a Mendoza por atrasos y cuestiones internas de las aerolíneas y a Italia no se puede llegar en el bondi de última hora. No perdí la noche y me fui a comer una pizza al El Cuartito, fundada en 1934. Como toda buena pizzería porteña, es especialista en pizza al molde. Había 10 metros de cola para entrar un domingo a la noche. Esperé casi media hora pero entré.

Me senté a ver el partido de Racing contra San Lorenzo en un led bastante grande, pedí una Stella Artois ($ 80) y tres porciones de pizza: fugazza ($ 17), fugazzeta ($ 26) y especial con morrón ($ 25). Rodeado de recuerdos del deporte y el espectáculo de Buenos Aires le pedí al mozo un poco de aceite de oliva y a cada porción, cuando ya iba por la mitad, le agregué ese toque extra de sabor y humedad. Hice lo mismo que la mesa de al lado, no inventé nada.

Me volví caminando al hotel atravesando la 9 de Julio. Al otro día me encontré en la esquina en un taxi con Mariano Ramírez de Campari y Facundo Tochi de Sibaris. Partimos a Ezeiza a donde nos íbamos a encontrar con los rosarinos. A Federico ya lo conocía por un viaje de prensa que hicimos juntos a Mendoza en abril de este año y a Matías lo conocí ahí, aunque ya lo tenía de vista por la final del #Mapa14 que se hizo el año pasado en la quinta de Vicente López.

Tomamos un café juntos los cinco, hicimos check in y nos subimos al avión de Alitalia (la comida bastante mala como en todos los vuelos económicos).  Volamos 12 horas y llegamos a Roma, cantando emocionado junto a los demás argentinos la canción del mundial de Italia 90. Muchas risas y recuerdos del 10 en la final contra Alemania para aterrizar en tierra santa de madrugada. Hicimos trasbordo y a las pocas horas llegamos a Milán Linate, uno de los dos aeropuertos que tiene Milano.

Tomamos un taxi (una van que nos cargó a todos con equipaje y gastamos un poco más que habiendo tomado un colectivo especial que sale desde ahí hacia el Centro, algo así como 60 Euros). Digo “pagamos” de modo referencial, porque el viaje de una semana estaba bancado íntegramente por el grupo Campari. Traslados, alojamientos y comidas estaban dentro del gran premio que habíamos ganado. Y ya estábamos en Italia, dispuestos a disfrutarlo.

Il Duomo
Dejamos las cosas en el hotel y tan rápido como pudimos salimos a caminar. Estábamos a dos cuadras de Il Dumo, el conjunto que generan la catedral  y la plaza principal de Milano. Al frente está la galería Vittorio Emanuele, tres obras fantásticas que te dan un golpe de knock out apenas llegás a Milán. Superada la conmoción y tras las fotos de rigor, seguimos caminando.

Entramos a la galería, vinos el Camparino Bar y prometimos volver al día siguiente. El plan para ese día era ir al Museo Campari. Antes de eso teníamos que comer y decidimos hacerlo en la Galería Vitorio Emanuele, en un mini mercado súper cool que hay en el segundo piso. Frutas, verduras, carnes, panes, tortas, bebidas, lo que se les ocurra, todo perfecto, con productos que a la vista ya se notan diferentes a los que estamos acostumbrados.

Nos sentamos en una barra y pedimos focaccias y sándwiches elaborados con levadura de masa madre. La cáscara tiene un centímetro de espesor, cuando lo mordés suena como un trueno interior lleno de sabor. Adentro, la miga está llena de ojos y ese pan, tan perfecto, es el que acobija a los productos estrella del día: prosciutto,  burrata, tomate y lechuga. El sueño del pibe se hizo realidad. Algo perfecto estaba sucediendo en nuestro interior.

De postre comimos tiramisú y mientras lo disfrutábamos veíamos al panadero, que trabaja a la vista. No lo podíamos creer. La calidad de los productos y el espíritu artesanal con el que se maneja el local nos brindaba la posibilidad de entender de qué hablamos cuando hablamos de un bocado perfecto. ¡Era lo primero que probábamos!

Después del almuerzo bajamos las escaleras y nos metimos en el subte, que estaba al frente de la galería. El destino era la localidad vecina de Sesto San Giovanni (se llega en metro), a donde se encuentra la Galería Campari. En un imponente y moderno edificio de ladrillo visto se encuentran las oficinas comerciales y la galería de arte donde se desarrollan diversos tipos de eventos del grupo. Realizar una visita guiada por la muestra permanente referida a la historia de Campari es realmente esclarecedor en muchos sentidos.

Cómo generar una identidad de marca rodeada de glamour y arte moderno, cómo expandir globalmente un concepto con rebeldía y buen gusto, saber qué significa el escudo de la marca, o a quién donó la empresa la familia fundadora, son parte de un viaje sensorial que para sorpresa de muchos no termina con una degustación habitual sino con una de… ¡bombones de Campari!

Para una tradicional está el bar de la esquina sobre calle… Campari. Allí se bebe Campari soda en copas heladas y soda de grifo. Se sirven con bocaditos salados en plena tarde. Muchos lugareños hacen una parada y se toman una copa de prosseco (espumante italiano) o de vino. Aquí la vida tiene pausa y charla entre amigos o con el dueño del bar, que está siempre de buen humor.

La Terraza Aperol
Volvimos al hotel, muy cansados pero con la adrenalina de saber a dónde vamos nos mantenemos en pie. Frente a Il Duomo y también sobre la extraordinaria gallería Vittorio Emanuelle está la Terraza Aperol, otro de los aperitivos del grupo Campari. Tiene una sala en el interior de la galería pero su punto fuerte es la terraza, claro está. Con la catedral en las narices y la opción de fumar, hay sillas y mesas desde donde se ve toda la plaza central.

Esa catedral iluminada no pasa desapercibida y los ojos no pueden salirse de ella, mientras alrededor se impone la buena música, la coctelería (12 Euros el trago) y la rica comida que circula (burratas nodini con radicchio por ejemplo). ¡Si esto no es el glamour italiano, el glamour italiano a dónde está!  Tres partes de prosseco, dos de Aperol y una de soda. Hielo y una rodaja de naranja, así es el Aperol Spritz perfecto.

Después tomamos un Negroni (Campari, Gin y Cinzano en partes iguales) y salimos a la calle, que estaba súper poblada de gente híper arreglada. Hombres y mujeres como salidos de las revistas de moda nos ayudan a comprender por fin por qué Milán es “la capital de la moda”. Esa noche era el lanzamiento de la fashion week y se habían puesto todo el ropero encima. Había fiesta en las calles, había eventos en todos los locales de ropa y la alegría era generalizada.

Se nos hizo tardísimo de tanto caminar, pero a última hora, a eso de las 23.30 encontramos un restaurante que nos abrió las puertas y nos hizo un par de pizzas (una de huevos y espárragos y otra de alcauciles, jamón y aceitunas negras) y un calzoni relleno de rúcula y burrata. Otra vez el ritual del aceite de oliva y de la cerveza. Estamos como en casa, o mejor aún. Volvimos comiendo helado, de textura y sabor increíbles, por las calles de Milano que se humedecían con un chaparrón.

Al otro día nos esperarían más aventuras: entramos a il Duomo y a sus museos, recorrimos el centro viejo de Milano, fuimos al Camparino Bar y a la manijeada Expo Milano (toda italia está empapelada con invitaciones para ir a esta súper feria mundial). Dos días en cada ciudad no alcanza para hacer todo lo que se puede hacer en semejantes monstruos del primer mundo, pero lo estábamos disfrutando.

(*) Director de Circuito Gastronómico.

No te pierdas la galería de fotos del primer día en Italia:

 

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