La soledad y los bodegones

La soledad es tan vieja y necesaria como los bodegones, pienso en la soledad que es elegida y no la que te elige. La que te elige te encuentra desprevenido como una cagada de paloma, que no se come.

La soledad te despliega un mundo por descubrir que sólo aparece con ese tiempo que no corre en la rutina, ese tiempo muerto que habita en el sótano y se asienta en la bodega.

La soledad se disfruta en una mesa con un plato que es antes un texto o un secreto, luego receta y al final una declaración de principios que se come casi siempre con papas.

La correcta ejecución de la soledad pide disciplina al igual que la buena cocina. Todo hecho artístico nace de la disciplina, y la cocina es creación solitaria. El mundo le debe a la disciplina y soledad de alguien, al menos a la del gran creador que nos imagino a nosotros.

Un buen bodegón es un relato malhumorado que se cocina con las manos que llegaron de los barcos para servirse generoso y con olor.

La formación es: blanco, sartén, oficio y cocinero al fondo, marrón, malhumor y mozo al medio y naranja, tv, generosidad y soledad adelante.

En la novela de Auster «La música del azar» el protagonista se sube a un coche para desaparecer y vagar sin destino alguno, el vehículo como santuario de protección e invulnerabilidad. Sentarse en la mesa de un bodegón es ese vehículo sin ruedas que nos linkea hacia adentro para acomodar los tantos con buen provecho.

Mariano Cuestas, comensal.
En twitter: @marianocuestas

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