Punta del Este y el vino uruguayo II

Punta del Este y el vino uruguayo II

febrero 22, 2015
Noticias Generales

 

Segunda parte de la nota en la que Alejandro Maglione te cuenta qué tiene para ofrecer la ciudad balnearia a los amantes de la enogastronomía.

 

Por Alejandro Maglione (*)

La saga

No es fácil describir en una nota tanto el XIII Salón Conrad del Vino, junto con la visita a bodegas de Punta del Este-Maldonado, más las entrevistas con personalidades uruguayas que producen vinos de calidad desde hace tiempo. Hay que imaginar que participaron 140 bodegas de Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, España, Francia, Hungría, Italia, Portugal, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos, que nos colocaron en la titánica tarea de probar alguna de las 600 etiquetas que estaban presentes en la muestra.

Y todo en el marco que brinda un hotel como el Conrad que es como si fuera una ciudadela en sí mismo: 294 habitaciones, todas con vista al mar; 7 bares y restaurantes; y entre otras muchas facilidades hay un parador en la Playa Mansa que se llama OVO beach, donde uno es atendido como si fuera titular de un sultanato.

Como siempre recuerdo, estas tenidas tienen reservados para nosotros los periodistas una suerte de ángeles proveedores de soluciones y bienestar. En este caso fue la eficiente y siempre dispuesta María Fernández.

Virginia Moreira

Es la cara visible de la Bodega H. Stagnari, la “H” por Héctor, su marido. Una bodega que resulta de una suerte de escisión de otra conocida bodega uruguaya, que conducía el padre de Héctor, y que tiene ahora como cara visible a otra Virgina, cuñada de la Moreira. Realmente una trama de desencuentros originadas en concepciones distintas de gestión habituales en las empresas familiares. En este caso, Héctor y Virginia cortaron por lo sano, y se lanzaron al proyecto de su bodega propia, especialmente orientada a la producción de vinos finos.

Los viñedos mayoritariamente los tienen localizados en Salto, son 50 hectáreas y habrían pertenecido a la familia Harriague, cuyo patriarca fue el promotor del ingreso de la cepa Tannat en el Uruguay. La página de la bodega tiene una omisión, que pienso ha sido involuntaria, porque historia la llegada del Tannat a este país, y no menciona que las primeras estacas provinieron de viñedos localizados por entonces en nuestra provincia de Entre Ríos. Es de esperar que corrijan este pequeño desliz.

Virginia habla a borbotones, y tiene una clara conciencia de que ella es la imagen de la bodega. No tiene pelos en la lengua, si bien de tanto en tanto pide que muchos de sus latigazos verbales pasen a la carpeta del off the record, cosa que un periodista serio acepta de inmediato. Es consciente de que todo suma en esa personificación de su negocio, y sus indumentarias buscan remarcar su presencia allí donde se encuentre.

Habla con admiración de su marido, a quien lo señala como incorregiblemente tímido, un gran trabajador, enólogo recibido en el Uruguay, que lleva 20 años viajando a Francia y California. Y valora el coraje que tuvo para romper con su padre y encarar el proyecto de la nueva bodega partiendo de cero. La bodega en sí, está cerca de Montevideo, está en un predio de 20 hectáreas, donde hay plantadas especialmente cepas blancas. El lugar se llama La Puebla, donde reciben visitas que quieran conocer sus vinos.

Madre de cuatro hijos, de los cuales, Franco el mayor, está estudiando en Mendoza, Virginia no duda en comentarme que es una de las 3000 masonas que hay en el Uruguay, mientras que en la Argentina hay solamente 100. El dato me lo pasa para explicarme que hay dos vinos de edición limitada que se llaman uno Escuadra y el otro Compás. Su espumoso -en Uruguay a los espumosos les dicen espumosos, no espumantes, por suerte- se llama “G” y la etiqueta trae una larga y sugestiva frase sobre las virtudes amorosas que tiene la bebida. Típico de la dueña, lo acompaña con una pequeña bolsa rosada donde ¡hay un antifaz! Es para que cada uno le dé el uso que le parezca más conveniente mientras bebe el vino burbujeante, me explica.

Como sea, están produciendo 450 mil litros de vino, están exportando casi el 35% de su producción, y sus vinos cosechan medallas en variopintas exposiciones europeas (creo que son más de 40). Me encantó el personaje, me encantó la historia de su bodega, y me sorprendió la fuerza y entusiasmo que pone en su empeño. Como es de imaginar, sus colegas uruguayos no dejan de mirarla con cierto recelo. Era de esperar. Quizás, los recelos también vengan porque sus vinos son realmente interesantes, ya sea su Syrah, su Petit Verdot, su Cabernet Sauvignon Gran Guarda, su Cabernet Franc, entre otros. ¡Ah! Y el infaltable Tannat en varias versiones.

Agua Verde

Visitar este lugar que perteneciera a Blanca Isabel Álvarez de Toledo, donde sus casas exhiben el verde “Nicolás García Uriburu”, me hizo sentir que visitaba una sucursal del Paraíso. Fui de la mano de Miroslava Frigerio, pope de Punta Wines, una argentina que hace muchos años fijó en el Este uruguayo su lugar en el mundo. Todas las ampliaciones edilicias tienen la firma del arquitecto Javier Gentile, que ha respetado prolijamente la integración de las construcciones al paisaje que lo rodea.

Hoy el lugar, a la que se le añadieron las vides que dan origen a sus vinos, pertenece a un matrimonio argentino -que prefiere el bajo perfil-, en el que ella es enóloga recibida en la Universidad de Davis, Estados Unidos. De allí las variedades que me llamaron la atención, y un aprovechamiento de las laderas para que las plantas sean acariciadas por la humedad del mar, distante a 6 kilómetros.

En un bosque aledaño, adecuadamente protegidos, se pasean animales insólitos para la región, como ciervos, alpacas, y autóctonos ñandúes, entre muchos otros. Todos se mueven sin apresuramiento, y sin expresar temor por la presencia de los humanos.

Las cepas implantadas son Merlot, Cabernet Sauvignon, Tannat, Cabernet Franc, Pinot Noir, Chardonnay, Petit Manseng. Esta última fue una revelación, porque tenía sospechas que de las pocas hileras que existían por estas latitudes, se encontraban en Mendoza en alguna de las fincas Chandon. A este momento hay 4,5 hectáreas plantadas y la previsión inmediata es llegar a 7.

De los vinos que probé, todos correspondían a la primera cosecha. Es decir, una primicia total. Así, el primero fue un Chardonnay, sin filtrar, con 4 meses de paso por barrica de primer uso con un tostado suave. Me resultó muy interesante, y sobre todo prometedor.

Encontré mayor contundencia en un merlot-cabernet sauvignon-tannat, guardado 24 meses en barricas de roble francés de primer uso también. Un vino de los que se reconocen como amplios, una nueva revelación de lo que Uruguay ofrecerá en el futuro en materia de vinos de calidad.

Por fin, aprovechando la temperatura veraniega, llegó el momento de un rosado de Cabernet Franc sin paso por madera. Muy fácil de tomar, de esos vinos que terminada la primera botella, ya se convoca a la segunda. Los franceses dirían que es un vino “pour boire à cul sec“.

El vino, se sabe, según con quién se deguste y dónde se pruebe, suele tener apreciaciones que no se encuentran precisamente dentro de la botella. Haber probado estos vinos con Miroslava y en ese lugar, creo que afectó positivamente en mi paladar.

Por fin, del lugar le cuento que recibe visitantes para pasar unos días, si lo desean. Lo malo es que luego se debe hacer MUY difícil el momento de la partida. Como dije antes, es literalmente una sucursal del Paraíso.

Una perla

Merodeando por la campiña maldonadense, Álvaro y Paula Lorenzo, me hicieron conocer el llamado Pueblo Edén, literalmente un caserío en medio de la nada. Allí está La Posta de Vaimaca, donde sus propietarios Hugo Herrero e Inés Nuñez, sirven unos almuerzos debajo de una parra antiquísima. La propuesta es 100% comida casera, donde el fuerte es el cordero o las pastas.

Hugo, que se pasea con su torso desnudo, descalzo y con bermudas, es todo un personaje. Maneja su restaurante, hace guitarras, y de ser necesario, es bueno en poner en funcionamiento motos descompuestas. Una mesa con aceite de oliva para vender, nos recuerda que por allí cerca están los olivares que son propiedad de Alejandro Bengolea, donde se produce un aceite de oliva de exportación, que he podido probar gracias a la generosidad de Gonzalo Robredo. En resumen: un paseo imperdible.

Moraleja

Sospecho que el Uruguay tiene que encarar una tarea seria de comunicar los resultados de su reconversión vitícola de los años ’80. Los resultados son más que auspiciosos, y sobre todo, hay que investigar un mercado que es mucho más amplio que las marcas reconocidas. Hay muchas promesas, pero también ya hay muy interesantes realidades. Amante del turismo enológico, a todo lo dicho, añado que se pueden encontrar propuestas de paisajes y alojamiento, que poco tienen que envidiar a los más solicitados lugares de la campiña francesa. ¿Le parezco exagerado? Y sí, soy exagerado cuando hablo de este país de mis amores.

(*) Nota de Alejandro Maglione para ConexiónBrando
amaglione@lanacion.com.ar / @MaglioneSibaris 

Escuchá “La isla de los Sibaritas”, el mejor programa gourmet de la Argentina, conducido por Alejandro Maglione, haciendo clic en este enlace.

 

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