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El otro clásico: vinos argentinos versus vinos chilenos

Como suele suceder entre vecinos, argentinos y chilenos se miran a través de la cordillera con una mezcla de cariño y recelo. Los unen similitudes históricas y culturales, pero las diferencias en arenas políticas y las competencias deportivas los han llevado a verse también como rivales. ¿Se percibe esta tensión en el universo vitivinícola, donde ambos países se destacan dentro de la región? ¿Quién ganaría una “Copa América” del rubro si cada equipo saliera a la cancha con sus mejores botellas?

Para quienes forman parte de la industria, la analogía futbolística sólo es válida si se tiene en cuenta que a los dos les toca pelear su lugar en el segmento internacional de los llamados vinos del Nuevo Mundo (liderado por Estados Unidos, pero bien lejos de los del “Viejo Mundo”, representado por Francia, Italia y España). Sin embargo, comparar la producción de uno y otro implica considerar diversas variables.

Para Patricio Tapia, periodista chileno especializado y autor de las guías de vinos Descorchados, la primera diferencia es fundacional. “La industria moderna del vino en Argentina tiene sus bases en la herencia cultural inmigratoria europea, en cambio la chilena es fruto de una copia”, sentencia. Según Tapia, mientras que los argentinos heredaron el gusto por el vino de sus ancestros italianos, españoles y franceses, los chilenos importaron la costumbre de Francia gracias al surgimiento de una nueva aristocracia enriquecida por la minería, que comenzó a viajar a París a mediados del siglo XIX.

Sin embargo, tanto al este como al oeste de los Andes, la producción vitivinícola no despegó hasta bien entrado el siglo XX, con distintas características. A cada lado de los 5.150 kilómetros de frontera (la tercera más larga del mundo) dos factores principales inciden en la manera de vinificar: la geografía y el clima.

“En Chile, el clima recibe la influencia del Océano Pacífico y la caída de la cordillera al mar es muy abrupta, lo que genera pequeños subvalles con muchas diferencias en pequeños parajes donde se puede cultivar mayor cantidad de variedades. En Argentina, en la zona donde se concentra la mayor producción el clima es continental monzónico, con suelos más pobres y lluvias de verano, y la producción está más enfocada en el vino estrella que es el Malbec”, describe el ingeniero agrónomo Gustavo Hörmann Henríquez. Hörman sabe de qué habla cuando compara estilos: nacido en Santiago de Chile, en su país fue jefe de enología de la bodega Apalta de Viña Montes, y desde 2016 vive en Mendoza, donde se desempeña como gerente de la bodega Kaiken, que pertenece también a la familia Montes. Por su doble experiencia, prefiere hablar más de “mutuo respeto y admiración” que de rivalidad, pero no niega que en el plano internacional Chile cuenta hoy con cierta ventaja competitiva: “Está un poco mejor posicionado en el contexto mundial gracias a tratados internacionales que le han permitido adelantarse en la llegada a algunos mercados como el asiático”, observa.

El enólogo argentino Matías Michelini, que también ha tenido la experiencia de hacer vinos en ambos países, coincide: “Argentina llegó quince o veinte años más tarde que Chile a comercializar sus vinos en el mundo. Ellos se hicieron especialistas mucho antes que nosotros en encontrar los mercados, comunicar sus vinos y mostrarse como productores de calidad”.

Tanto Hörman como Michelini señalan, además, un detalle determinante: con alta producción (12.9 millones de hectolitros en 2018) y bajo consumo interno (15 litros anuales per cápita en 2017), es lógico que los chilenos tengan todas sus fichas puestas en el exterior. Argentina, por el contrario, se encuentra en el puesto 11 de los países con mayor consumo interno del mundo según la OIV (Organización Internacional del Vino), con 26.8 litros per cápita.

Puntajes, premios y rankings

Mientras que en otros planos se pueden comparar cifras, a la hora de hablar de calidad se entra en un terreno subjetivo. “En palabras simples, el mejor vino es el que a ti más te guste”, opina Hörmann, y cuenta la anécdota de que cuando con sus equipos hacen catas a ciegas con producciones de Viña Montes y Kaiken, “es divertido porque ha pasado que se termine eligiendo un Cabernet Sauvignon argentino o un Malbec chileno”. Como para que quede claro que, sin ver la etiqueta, el paladar vota sin prejuicios.

Quienes también degustan a ciegas son los integrantes de los jurados de los concursos internacionales, cuyos trofeos y puntajes -como las estrellas Michelin de un restaurante- pueden resultar determinantes para la promoción del producto.

También los críticos especializados hacen lo suyo: el influyente norteamericano Robert Parker genera alta expectativa cada vez que revela su listado anual con sus calificaciones, un sistema que copiaron su colega y compatriota James Suckling y el británico Tim Atkin.

Un recuento rápido de distinciones señala que mientras que Argentina tiene dos vinos con 100 puntos Parker (el Aleanna Gran Enemigo Gualtallary Single Vineyard 2013 y el Catena Zapata Adrianna Vineyard River Stones 2016 ambos del enólogo Alejandro Vigil), Chile todavía no tiene ninguno. Y en concursos internacionales, los resultados obtenidos son bastante parejos. En la última edición de los prestigiosos Decanter Wine Awards, por ejemplo, Chile tuvo más medallas de platino (5, contra 3 de los nacionales), pero Argentina cosechó más de oro (25 contra 14) y un reconocimiento “Best in Show”, el del Viñalba Gran Reservado Malbec de Bodegas Fabré, con 97 puntos. Un dato alentador para ambos fue que obtuvieron más distinciones que Estados Unidos.

“Argentina fue la vedette en el mundo del vino hace 10 años como lo fue Chile hace 20, pero ahora ya son competidores fuertes de Sudamérica entre los vinos del nuevo mundo”, concluye Patricio Tapia. Michelini prefiere destacar que el crecimiento de los dos países está impulsando un descubrimiento del “carácter del vino latinoamericano”, gracias a los avances en el conocimiento del terruño de cada uno.

Será entonces que no importa quién gane esta “Copa América” siempre y cuando se sirva en ella un buen vino. De uno u otro lado de la cordillera.

Fuente: https://www.clarin.com

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