Días de ayuno y abstinencia

Días de ayuno y abstinencia

abril 20, 2014
Noticias Generales

 

Alejandro Maglione y un repaso por lo que, a lo largo de la historia, se podía comer -o no- en las Pascuas.

 

Por Alejandro Maglione (*)

La cuestión

Vivimos una nueva Semana Santa, y ya hay quienes proponen llamarla Semana Laica, porque para la mayor parte de la grey, que se identifica a sí misma como católica, casi todos sus planes se orientan a la recreación más que a la reflexión o la oración como nos sugiere el culto. Nunca me gustó que en el laico Uruguay la llamaran Semana de Turismo, pero nuestra sociedad hace tiempo que la aprovecha para este agradable menester.

No obstante el comportamiento laicista, como en la Navidad, los católicos remolones nos sentimos llamados, en estos días, a aproximarnos a la religión, y no pocos respetamos el ayuno y la abstinencia del Jueves y Viernes Santo, no tanto lo de los viernes de Cuaresma, que siempre los tenemos medio olvidados. Igualmente, el Domingo de Pascua, es un día obligado de encuentro familiar, y las fábricas de chocolate hacen su agosto vendiendo huevos, conejos y todo tipo de figuras hechas con este tentador producto. Incluso, en Buenos Aires, hay artesanos, como Daniel Uría, que empiezan a elaborarlos en el mes de noviembre del año anterior, guardando prolijamente sus productos en cámaras apropiadas para sacarlos a la venta en esta semana del año.

El ayuno

En la antigüedad, y desafortunadamente en muchos casos en nuestros días, el ayuno fue el resultado de una situación económica, no de una opción religiosa. La novela Hambre de Knut Hamrun la comienza con esta frase dramática: “Era el tiempo en que yo vagaba con el estómago vacío por Cristianía.” Continúa ubicando al personaje central en el momento del otoño: “La estación delicada y fresca, en la que todas las cosas cambian de color y pasan de la vida a la muerte”. En ese momento nuestro hombre abandona el cuartucho que habita, no para deleitarse con el paisaje que describe, sino para pararse frente al escaparate de una carnicería, donde exclama: “¡Si tuviera algo que comer en un día tan hermoso!”. Confieso que el autor logró compenetrarme en el clima angustiante que plantea su texto.

Nuestra religión lo que aprueba y promueve es el ayuno voluntario, porque como dijo Pedro Mourlane Michelena: “Sin vino no hay cocina y sin cocina no hay salvación, ni en este mundo ni en el otro”.

La abstinencia

Esto de la abstinencia de carne se podía decir que terminó siendo un aporte a la creatividad culinaria. No, quizás, en el caso de quienes cocinan en esos días para las familias porteñas o aledañas, porque se entregan al desasosiego de tener que soportar los precios ridículos que alcanzan los pescados durante esos escasos días, siendo que de pronto se olvidan que existen risottos, tortillas de papas o de acelga; la pascualina, los zapallitos rellenos, una humeante humita, berenjenas rellenas o hechas milanesa, las pastas sin relleno de carne preparadas con todo tipo de salsas que tampoco la contengan. No, los muchachos que intermedian la pesca hacen un ejercicio público y notorio del abuso al consumidor, y suben sus precios 100 o 200% sin que se les mueva un pelo. Y el consumidor, por lo general, se declara atrapado sin salida, ¡y se deja abusar mansamente!

Y eso que la abstinencia en nuestros años, no es lo que era en el medioevo o aún bastante después, en el que se habían establecido rigurosos días de la semana “de carne” y “sin carne”, siendo uno de ellos obligadamente el viernes, por ser el día en que se recuerda la Pasión de Cristo. El celo llegaba al extremo de que se había establecido la obligación de dejar las puertas sin trabas en las habitaciones de las posadas, para que la Inquisición pudiera irrumpir y descubrir in fraganti a los pecadores que estuvieran dando cuenta de una pata de cordero, lejos de la vista del resto de los viandantes.

Curiosa fue la reflexión del clérigo D. Guillén en la obra Belarmino y Apolonio, que explicaba su no acatamiento a la abstinencia de los viernes diciendo que se trataba de un “pecado artificial”, que son aquellos actos que no lastiman ni menoscaban el dogma. Y, a partir de este tipo de argumentos, puedo afirmar que buscando un poco, se pueden encontrar otras razones para todos los gustos.

Aportes gastronómicos

José Pla, en su obra El cuaderno gris, escrito en 1919, describe así la Semana Santa en la primavera europea: “Están a punto de salir a la plaza los guisantes y las habas. Las zanahorias son dulces. Las espinacas tienen una terneza extraordinaria. Las acelgas quizás no lo parecen. Las lechugas se funden en la boca. En los charcos debe haber berros y hierbas acuáticas, que ahora son tan finas en ensalada. Ahora es el momento de comer hortalizas. En la primavera, la botánica tiene algo angelical, celestial”. (Otro motivo más para alegrarme de vivir en una región donde las estaciones están diferenciadas. Por ahora).

Fue gracias a la abstinencia que en el recetario del Monasterio de Alcántara, uno de los mejores de España y Europa toda, se introduce el consumo de la trufa, costumbre que se contagió rápidamente a Francia a través de las tropas napoleónicas.

Excepciones

De México nos llegó el Almanaque Guadalupano donde un Padre Heredia detalla quienes no están abarcados por la obligación del ayuno y la abstinencia, y así aparecen: A) los débiles por enfermedad. B) Por sus oficios: los agricultores, los herreros, carpinteros, zapateros, panaderos. Los que hacen con justa causa un camino penoso o muy largo, aún a acaballo, por ejemplo, unos 22 kilómetros. C).los pobres que carecen de comida completa y suficiente. D) Los soldados y marinos que viven en campamento o en los cuarteles, y se alimentan en común y a expensas del Gobierno.

Por siglos se discutió acerca de la leche y los huevos. Las ranas fueron motivo de arduos exámenes en España, y se llegó a la conclusión de que era un alimento neutro. Aunque no se pueda creer, una de las disputas más encumbradas pasó por si las gaviotas eran aves o peces.

San Ignacio de Loyola, mentor del Papa Francisco, llamaba a la cordura con el asunto del ayuno y la abstinencia, y recomendaba a sus discípulos, no exagerar al punto de “no se corrompa el sujeto ni se siga enfermedad notable”.

Los beneficios

Los cultores del ayuno y la abstinencia citan el ejemplo de los anacoretas que no comían carne, bebían vino, y habitaban en regiones cálidas, ayunando buena parte del año. Gracias a todo esto, el primer ermitaño, San Pablo, vivió 113 años; San Pacomio 110; San Arsenio 120; San Romualdo 120; San Juan El Silencioso 110; San Jaime, ermitaño en Persia, 102.
 
En fin, con tantas sugerencias y regulaciones, no obstante en los monasterios se hacían lamentables diferencias sociales, que se expresaban en la distribución del pan: “En el horno de pan amasaban y cocían todos los días ocho fanegas de trigo de tres clases: el de los monjes y frailes; el de los oficiales y sirvientes; y el de los pastores y pobres que se repartía a la puerta”. Al final, como en tantas cosas de la vida, todos somos iguales, pero unos son más iguales que otros.que se le va a hacer.

Conclusión

Haga la abstinencia en la forma y como se le dé la gana, siempre y cuando quiera hacerla porque así lo siente. Lo que no debe hacer es comerse el amague del pescado a precio del quilate de un brillante. Es bueno comer pescado, quién lo puede negar, pero el año que viene eluda la Semana Santa si advierte que está siendo víctima de los oportunistas, y descubra las delicias que excluyen todo tipo de carnes. Los bravos veganos, agradecidos.

¡Felices Pascuas! 

(*) Nota de Alejandro Maglione para ConexiónBrando
amaglione@lanacion.com.ar / @crisvalsfco 

 

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