Chile: sus vinos y sus fantasmas

mayo 31, 2015
Noticias Generales

 

Alejandro Maglione viajó a Chile para probar diferentes etiquetas de sus mejores vinos. Y volvió con varias certezas.

 

Por Alejandro Maglione

El comienzo fue en Mendoza

Cuando en diciembre del año pasado, Andrés Lavados, CEO de bodega Santa Rita y varias otras, le dijo a Elena Carretero, la responsable de las relaciones públicas del grupo, “tenemos que invitar a Alejandro para que nos visite en Chile”, me quedé escéptico, porque se sabe: estas frases en la emoción de una despedida, luego de haber compartido un par de fructíferas e intensas jornadas, suelen caer en el olvido. Pero se ve que estos amigos son gente seria y cumplieron.

Me invitaron al Hotel Casa Real, y partir de allí viví días con agenda apretadísima conociendo bodegas, sus vinos y algunos restaurantes, de esos en los que la comida no es necesario que te la expliquen, que realmente lograron sorprenderme gratamente.

Los vinos de Santa Rita

Mi anfitriona de cata fue la enóloga María Cecilia Pino Valdéz, a quien reservan para las degustaciones, con lo cual, se supera esa habitual sobre información a la que son afectos buena parte de los enólogos. Lo primero que probamos fue en la línea Medalla Real un Sauvignon Blanc 2014, elaborado con cepas venidas del Valle de Leyda, por el enólogo Andrés Ilabaca. Siempre la localización del viñedo es importante, porque es parte del concepto del terruño. Por eso, mencionar este valle, es saber que las cepas están cerca del mar, lo que permite la deseada amplitud térmica. Y las aguas que riegan los surcos son los del río Maipo. Un vino que es una muestra del por qué del orgullo de los chilenos por esta cepa.

Luego seguimos con otro Medalla Real Chardonnay 2014. Se mostró como un vino intenso, con remembranzas de sus 9 meses en barricas de segundo y tercer uso, con lo cual la presencia de la madera es apenas perceptible. Está allí, pero no encubre.

Luego irrumpió un tinto. Un Medalla Real Cabernet Sauvignon 2011, con un toque de apenas un 5% de Cabernet Franc, este vino se hizo con cepas provenientes de la zona denominada Maipo Alto y debo decir que lo encontré muy concentrado. Con 12 meses en barrica de roble, mi paladar me decía que lo mejor es guardarlo un par de años más en botella. Pero fue la primera de varias buenas impresiones sobre los tintos chilenos, que no pocos menosprecian de este lado de la cordillera.

Luego pasamos a la línea Floresta Sauvignon Blanc 2013, de una gama superior a los Medalla Real, se hace a partir de una selección de uvas más cuidada y con un paso sutil por madera. Hecho también a partir de cepas implantadas en el Valle de Leyda. Me gustó que se presentara largo en boca.

De nuevo un tinto, esta vez el Floresta Cabernet Franc 2012, hecho a partir de cepas implantadas hace 7 años en Pumanque, zona ubicada en el Valle de Colchagua. Este es un lugar apartado 20 Km. del mar. Sus taninos se muestran mordedores todavía, por lo que olvidarlos en la botella un par de años (o quizás dos pares, mejor todavía), bien acondicionados, es lo mejor. Tiene un 8% de Merlot para redondearlo. Me gustó.

La sorpresa se produjo cuando probé el Triple C, un vino que no lo ubican en los de más alta gama -a pesar de que los Estados Unidos se vende a 40 dólares-, y que a mí fue el que me impresionó mejor. Hecho con Cabernet Sauvignon y Cabernet Franc producidos en el Valle del Maipo, tiene un 5% de Carmenere, imperceptible, cuyas uvas provienen de la región de Atalpa. Las viñas de los cabernets lucen jóvenes 70 años. Andando por los valles y por Santiago, me encontraría a varios expertos que coincidían con esta preferencia. Escuché: “Todos los vinos de ellos (los de Santa Rita) son ricos, pero el Triple C..”. Lo cual me fue confirmando que mi paladar no se había engañado.

Luego probé otro tinto notable, un Casa Real Cabernet Sauvignon 2010, hecho por la enóloga Cecilia Torres -personaje encantador, con la que tuve el placer de almorzar-, un varietal 100%, de cepas que me explicaron están ubicadas en el corazón del Valle del Maipo, y que se comercializa a un precio que ronda entre los 75 y 100 dólares, dependiendo del mercado. El vino me pareció extraordinario, pero me pasó como con varios de los tintos: piden quedarse en botella un tiempo más para domesticar sus taninos.

Obviamente que la bodega Santa Rita no podía privarse de tener un vino con la marca Bougainville, ya que las santa ritas trepan por todos lados cuando se recorre la bodega o el hotel Casa Real. En este caso era un vino del 2010 curiosísimo, porque cuentan que está elaborado mayoritariamente con una cepa que llaman petit sirah (sic), que originalmente se conoce como durif, en homenaje a su descubridor, François Durif. La bodega la trajo en los años ’90 de los Estados Unidos. Esta cepa, con un 15% de Syrah, termina por dar un gran vino. Esta durif la consideran una variedad rústica y por ahora tienen 2 hectáreas dedicadas a ella. A mí me gustó y creo que es interesante que se investiguen cepas que nos saquen del corto listado en que a veces nos movemos. Sospecho que este vino tiene un futuro más que interesante. Veremos.

Bodega Carmen
Por el mismo barrio está ubicada esta bodega, cuyo enólogo es Sebastián Labbe y es responsable principal de la bodega. Fue él que me explicó el porqué de unos cuadros enormes de terreno que estaban tapados con plásticos: tienen un visitante indeseable que se llama margaroes vitis, un insecto fatal para la viña recién plantada, pero que de alguna manera sirve a la viña más añeja, porque hace el trabajo de reducir la cantidad de racimos, permitiendo vinos más concentrados.

Sebastián propuso comenzar con un ¡sauvignon blanc!, en este caso el Gran Reserva 2014. Me explicó su preferencia por las levaduras nativas, y una búsqueda de expresar las características del terruño, que lo alejen de las comparaciones con los vinos de la misma cepa de Nueva Zelanda. Sin madera para nada, y ahora haciendo un intento de volver a los tiempos bíblicos de hacer la fermentación en tinajas de barro. Habrá que ir viendo que sucede. Él dice que vio a su colega Marcelo Retamar ensayando en la bodega De Martino este camino y le pareció que valía la pena probar.

Luego nos zambullimos en un tinto. Gran Reserva Cabernet Sauvignon2012. Un corte con 5% de Petit Verdot, es decir, más bien un varietal. Un vino muy interesante, con algo de mentol y de cedro en el paladar, y un precio muy accesible de 17 dólares.

El Winemaker’s Reserve Carmenere Blend 2012, hecho a partir de cepas ubicadas en Atalpa, donde la presencia de un 10% de carignan y 5% de Malbec, se agradece.

El IIII Lustros es un Carmenere puro que celebra los 20 años desde que la cepa fue identificada correctamente. Francamente no me atrapó. Sebastián me cuenta que están cambiando las podas, la vinificación, se cosecha temprano para acotar la piracina. Pero aún así, me sigue pareciendo que es una buena uva de corte. Vale como homenaje.

Imaginé que para hacer este vino, Sebastián debió contradecir una de sus máximas: “Para elaborar un gran vino hay que ir al corte”. Y es un hombre que se mueve con conceptos que se apartan de lo tradicional. Le gustan las barricas de cuarto uso. Hace un pinot noir donde entre el 5 y 10 % se fermenta con escobajos.

Pruebas al canto es el Winemaker Reserve Cabernet Sauvignon Blend, donde al 60% de cabernet sauvignon lo corta con uvas syrah, sifandel, carmenere y petit verdot. Un vino muy interesante, hasta sedoso diría, donde se presenta un sabor a cereza muy intenso. Este vino se ubica en una franja de precio que ronda los 50 dólares.

El penúltimo fue un Gold Reserve 2010 otro Cabernet Sauvignon que fue el primer ícono de la bodega en el año ’93. Las cepas fueron plantadas en 1957. Gran vino.

La sorpresa vino en botella chica. Sebastián se fue de la sala que miraba a un precioso rosedal, iluminado abundantemente por el sol, y apareció con una botellita sin identificar. Con gran misterio sirvió dos copas y preguntó: “¿Qué te parece?”. Le dije que me parecía un Malbec, y por cierto muy rico. Y agregué: “un Malbec con la misma diferencia que tienen entre sí los malbecs que se elaboran en Luján de Cuyo con los que se están produciendo en el Valle de Uco, pero igual de buenos”. Me dijo que será lanzado al mercado antes de fin de año. Alguien que apareció y luego borró su post en un comentario que puse en facebook salió a decir que me habían engañado con un malbec argentino que los chilenos están embotellando como propio.

Con la mentalidad del abogado que soy le dije: “Quien alega debe probar, ¿me puede decir dónde obtuvo esta información tan trascendente?…”. Y desapareció. Lo que digo es: atención con los vinos tintos chilenos. A mí preocupa su avasallante capacidad de colocar sus vinos en los mercados internacionales. Por lo que creo que en lugar de buscar desvalorizar lo que están haciendo con algo que suena más a chisme que otra cosa, ocupémonos de hacer nuestro trabajo.

Conclusión

Me encantó esta visita, que me vuelve hacer que le agradezca a la Fundación Claro Vial en la persona de su cabeza visible, don Baltasar Sánchez Guzmán, por haberla hecho posible. Y extender este agradecimiento puntualmente a Iván Bravo, que tuvo a su cargo lograr que llegara en hora a todos lados. A Felipe Cancino y María Isabel Villalón, que fueron mis cicerones durante distintas partes de mi recorrido. Ojalá entendamos de este lado de la cordillera que lo de “los chilenos hacen buenos vinos blancos y nosotros hacemos los tintos” ya no corre más. Pero no corre para ambos países, porque nosotros con los blancos, también estamos dando que hablar. 

(*) Nota de Alejandro Maglione para ConexiónBrando
amaglione@lanacion.com.ar / @MaglioneSibaris 

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